Baja el sol, y los animales salvajes de la jungla nocturna comienzan a preparar ceremoniosamente la estrategia de caza, acicalándose con esmero para dirigirse al lugar donde encuentre las presas de su agrado. Algunos cazan de forma solitaria, otros necesitan compañía de la manada para acercarse a ese rebaño tan apetitoso y esquivo. Cualquier paso en falso y  ¡paf! la presa se sabe en peligro y  alerta al rebaño, ideando una estrategia  de escape.

Por eso, el cazador tantea el terreno. Observa de lejos al  grupo, buscando una presa que cumpla los requisitos para saciar su apetito. El rebaño, indiferente  y  protegido por la seguridad que le dan sus pares, aún no percibe la presencia  del cazador que se acerca cauteloso  en la oscuridad. La presa, absorta en sus propios placeres, no lo ve venir. El cazador apura el paso, su corazón se acelera y prepara el cuerpo para el ataque. El resto del rebaño lo ha visto y avisa con la mirada a la presa que ya se sabe el blanco. Mira a todos lados, se da vuelta para recibir el ataque, el cazador  la tiene, rapaz  saca sus garras, mira los ojos de la presa y  le pregunta: “¿querí bailar?”.

El Cazador  nocturno es ese jote que  todas hemos tenido oportunidad de conocer y, a veces, degustar. Pero para hacerle honor a esta gran jungla no podemos encasillarlo sólo en un estereotipo. Por eso, me vi en la obligación de distinguir a los tres más  comunes:

El Pavo real

El Buitre

El Perro ovejero

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