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Una relación de años que ya pasó por el coqueteo, las llamadas nerviosas y  las mariposas en la guata. Se conocen las mañas, los olores y el lado favorito para dormir en la cama. Las familias ya son casi amigas y se mandan regalos para los cumpleaños.

Las invitaciones a cualquier evento son siempre con +1, obvio, todos tus amigos conocen al pololo y hasta se ha hecho amigo de alguno.

De pronto comienzas a sentir que las cosas ya no son como antes y recuerdas aquella vez hace años cuando salían harto: citas en un café, una cervecita en algún bar, el restaurante favorito donde ya los conocen o esas  invitaciones al cine a ver películas que ninguno de los dos vio en beneficio del besuqueo. Recuerdas también nostálgica cuando él, que no había bailado ni vals chilote, se ponía canchero y te invitaba a la disco para demostrarle que era un cabro entretenido.

Las palabras lindas de antes, los “nunca me había sentido así”, “creo que lo nuestro es especial” ya no las escuchas como antes y son sólo un recuerdo bonito y lejano.

También te das cuenta de que los celos, los: ¿Por qué no me llamaste?, ¿Quién es esa o ese que te escribe tanto en facebook?, las peleas, las inseguridades y las reconciliaciones, esas reconciliaciones ricas que uno se manda después de un desencuentro y donde prometes que nunca más,  ya tampoco ocurren tanto. Algo ha pasado, ya ni siquiera tienes ganas de pelear.

De pronto viene la pregunta: ¿cuándo fue la última vez que tiramos? y caes en la cuenta de que ya no hay cacha seguida, igual hay pero poquita y que las invitaciones a comer se redujeron a un “compremos un completo para comerlo en la casa”, y el macho que el primer mes lucía sus mejores pasos en la pista, ahora ya no le encuentra ni un brillo a bailar. Tu también te pusiste latera y de un momento a otro esas conversaciones que antes les llenaban la guata de mariposas las empiezas a encontrar una lata. Ambos se esfuerzan, pero ya no es lo mismo.

Él comienza a sentir que ya no es el cazador de antes, tiene a la presa al lado, segura y nadie se la va a venir a quitar, por lo mismo comienza a mirar pa’l lado en búsqueda de nuevos desafíos.  Tú comienzas a sentirte desperdiciada, poco mina y aburrida, ese lolo de la pega que nunca habías pescado ya no te es tan indiferente. Ya no te enojas con los piropos de otros, al contrario, los recibes con agrado.

Por arte de magia, cada uno comienza a acordarse de que tenían amigos antes de encuevarse y empiezan a buscarlos: ¿Salgamos a bailar chiquillas?¡Cabros! ¿Vamos a tomarnos una cosita?. Y así comienzan a pasarlo bien por separados. Esos ratos que antes añoraban para estar juntos, ahora prefieren pasarlos con otras personas, los ‘voy a tu casa’ se convierten en obligación y las salidas a comer se reducen a aniversarios y cumpleaños.

De pronto ya no duermen abrazados, cada uno mirando para su lado y las conversaciones se reducen a lo cotidiano: “¿Cómo te fue?”, “¿Qué hiciste hoy?”. Los dos están chatos, pero ninguno se ha dado cuenta porque así es más fácil, tienen una vida formada y un entorno que los entiende juntos. Qué lata terminar y empezar todo de cero, qué miedo mirar al otro y decir: Fue un gusto, ya no te amo.

Él a veces te busca para tener sexo, tú buscas excusas para no tenerlo. Ese tipo que antes te tocaba y te ponía la piel de gallina ahora no te mueve ni una sola hormona, ya no sientes nada. El cuerpo también se desenamora.

Hasta que un día el quiebre es inminente. Se acabó, quedó la cagá y sin vuelta atrás. La familia pregunta qué pasó, otros dirán que siempre lo supieron y comienza el pelambre: “nunca me gustó para ti”, “qué bueno que terminaron”,   ¿cómo estás? y ¿no hay vuelta?, “pucha, se veían tan lindos”, “a  mí ese hueón nunca me agradó”.

Luego pasamos a las prestaciones mutuas: se hace la entrega formal de devolución de las cosas, bloqueos de redes sociales (el psicopateo no es normal) las frases protocolares tipo: “fuimos felices”, “nunca te olvidaré”, “ojalá te vaya bien” o “ni me hablí de [email protected] CTM”.

Las primeras semanas son de abstinencia.  Ese incómodo momento en que alguno de los dos se quedó sin carrete y comienzan a extrañar la cucharita  y que es tan o más peligroso que curarse con el celular en la mano, donde ambos se preguntan “¿la cagué?” o que hace que uno, vulnerable, quiera volver o se embarque en nuevas relaciones donde al principio todo es maravilloso y diferente. Porque en ese momento no recuerdas el porqué de la ruptura, sólo piensas que estás solo y que no hay nada peor que eso. A veces el amor a “estar en pareja” es más fuerte que el amor por “esa persona que es tu pareja”, cosa que le sucede a la mayoría de los habitantes de la tierra, los mismos que pasan su vida infelices. Infelices, pero acompañados.

Pasadas semanas, meses o años, el recuerdo de ese amor intenso, de esa persona que algún día fue perfecta comienza a hacerse difuso y cada vez menos recordable, ahí te das cuenta de que tomaste la decisión correcta. Un día escuchas una historia de él o ella, te llegan con noticias o se encuentran en la calle y te das cuenta que ya no sientes nada. Ahí recuerdas a Fito y la frase  “hoy sólo te vuelvo a ver” cobra sentido.

Mejor un momento doloroso de ruptura a una vida entera de amores mediocres. Cosas maravillosas pueden perderse por quedarse donde no se debe, simplemente por la cobardía de no querer quedarse solo.

No aspire a menos cuando puede aspirar a más, afuera puede estar esperando algo mucho mejor.

Chaolín

 

For no One  http://youtu.be/HuphFPEqJqw