A las que perdimos y a las que podemos perder… 

 

La abrazó fuerte y le dio un apretado y tierno beso en la frente. Ella cerró los ojos, sintiendo su aliento en el pelo. Sollozaba angustiado, como un niño indefenso al que ella le acariciaba la cabeza a modo de consuelo. «Debería ser al revés», pensó, mientras caía en la cuenta de que siempre era ella quien terminaba consolándolo a él.

ꟷPerdóname ꟷle dijo con verdadera pena, mirándola a los ojosꟷ. Te juro que nunca más ꟷ le prometió, apretándola más fuerte contra el pecho y recordándole el dolor cervical luego del último zamarreo.

Ella le creía su arrepentimiento, sabía que pedía perdón de verdad. Lo que no era verdad es que esa era la última vez. Lo había dicho tantas veces, con el mismo sentimiento de vergüenza; la misma verdadera pena, el mismo arrepentimiento, y al cabo de un tiempo algo pasaba, algo lo sacaba de quicio, lo hacía enfurecer y listo: la historia conocida que terminaba con él llorando, pidiendo perdón, diciendo que ahora sí que nunca más.

Se arrodilló ante ella y le besó el estómago, le rodeó las caderas con sus enormes brazos y le mojó el vestido con sus lágrimas varoniles. Pensar que todo partió por ese mismo vestido, el vestido de regalo que le trajo luego de la última paliza. Pero es que él no le advirtió que ese vestido era solo para usarlo en casa y le sentaba tan bien, parecía hecho para esconder los moretones de sus dedos marcados en los hombros. Él no le advirtió que era solo para usar en la casa, habían tantas cosas que él no le advertía y que le hacían enojar: a veces era la limpieza, otra una palabra que lo ofendía, una comida que no le gustaba, la mirada de un desconocido o conocido, unos minutos de retraso.

¿Cuál sería el regalo de disculpas esta vez?, ¿flores, de nuevo? ¿Un perfume que ardiera sobre sus heridas? Quizás saldrían a comer, quizás le regalaría otro par de aros que se acumularían en el joyero lleno junto a las demás alhajas de perdón.

Y todo partió tan bien, se enamoró tan rápido, él era tan atento, tan apasionado. Si ella hubiera sabido no le hubiera aguantado el primer tirón de brazos, tampoco el primer grito para hacerla callar o la primera vez que le dijo estúpida. Pero él siempre se disculpaba a tiempo, la abrazaba y la besaba como si fuera lo más importante en su vida, y sus «te amo» eran tan sinceros, los encontraba tan reales como sus golpes.

Si hubiera sabido jamás lo hubiera dejado ir tan lejos, tan lejos como la primera patada que la botó al suelo y después de la que él le pidió ayuda para cambiar, rogándole apoyo para mejorar porque él no podía solo, sin ella no podría. Y ella pensó «¿cómo dejarlo solo en el peor momento, cuando más lo necesita?». Y se quedó con él, aguantando otra vez.

Se prometió a sí misma que la siguiente sí que no la perdonaría, pero el golpe fue tan fuerte que magulló su cuerpo y su dignidad. Pensó en pedir ayuda, ¿pero a quién?, ¿a sus amigas? La tratarían de estúpida, como a otras de las que escuchó hablar mientras se tapaba los moretones y asentía silenciosa y crítica a las protagonistas de las conversaciones en grupo.

¿A su familia? Imposible, su padre querría matarlo, su madre meterlo preso y, ¿cómo podría ella mandarlo a la cárcel si no es un delincuente, solo tiene algunos días malos, pero el resto es dulce y atento, solo hay que tratar de no hacerlo enojar.

Y los niños ¿qué pasaría con los niños…?

¿Cómo dejarlo? ¿Dónde ir…? Él un día le dijo que nada le faltaría, que podía quedarse en casa, cuidar del hogar. Que era mejor por los niños y en su trabajo ganaba muy poco, no valía la pena trabajar tanto para que se le fuera todo en niñeras. En la casa estaría bien, le dijo, no le faltaría nada… Cumplió: tenía «de todo».

A veces soñaba con volver a estudiar, tener una carrera, pero ella no tenía cabeza para el estudio, como le había dicho él cuando se lo propuso. Si ni siquiera podía recordar una instrucción básica para cocinar una receta como la gente, menos tendría cabeza para estudiar, fueron sus palabras. Y tenía razón, además pagársela sola, ¡imposible! Si no le iba a dar ni para pagar el jardín de los niños, menos para estudiar otra vez. Qué tontería de su parte pensar que podría hacer otra cosa aparte de cuidar a los niños; otra cosa que tampoco hacía muy bien.

Se preguntaba a menudo en qué momento se había vuelto tan tonta. Antes no era así, él no la conoció así, había existido antes una mujer distinta a la que era ahora, pero la había perdido y no lograba encontrarla.

Lo miró arrodillado y sintió rabia, contra él y contra ella. A veces lo odiaba y quería matarlo, ahí arrodillado y llorando como un niño, quería romperle la cabeza pero no se atrevía, un paso en falso y él le devolvía el golpe más fuerte y además, ¿qué pasaría con los niños?, ¿dónde nos iríamos

Él podría llevárselos lejos si quisiera, y ¿qué haría ella?, ¿contratar a un abogado? Qué absurdo, quién le creería si a vista de todos los niños eran perfectos, y él cariñoso, romántico, atento siempre, buen padre. Quién le creería si cuando alguien le preguntaba «¿qué tal?», ella le decía «muy bien, él es maravilloso».

Y los niños, los niños no podían enterarse, ellos no podían saber. Al menos hasta el momento todo había sido a puertas cerradas, cuando ellos no estaban o dormían; ella no permitiría jamás que se enteraran los niños… con ellos era tan bueno, jamás osaría ponerles un dedo encima, al menos hasta el momento no lo había hecho y ella no lo aguantaría, eso sí que no… «Espero», piensa.

Quizás le pueda pedir otra vez que busquen ayuda. Se lo había pedido antes pero él se había arrepentido; lo arreglarían entre los dos, con amor: «Las cosas de pareja se arreglan en pareja», le dijo, y además le avergonzaba demasiado contar que a veces se le pasaba la mano… lo mirarían feo, lo culparían de todo. Quizás ahora se lo pediría otra vez, a ver si se lo toma mejor, quizás, si está realmente arrepentido lo haga.

Le acarició la cabeza y se la besó tiernamente. Ahora no es el momento, pero se lo preguntará más tarde, de buena forma, cuando esté más tranquilo. Quizás esta vez no se enoje, quizás así sea de verdad la última vez.