Y claro. Un día pasaba yo por ahí, irresponsablemente como si nada importante fuera a suceder y estabas tú. Con esos ojos y esa sonrisa que alguna vez soñé pero que no tenía cara. No pude quitar mis ojos de ti (sí, así como la canción). Te busqué entre la gente y tú a mí. Un imán gigante entre tú y yo nos acercaba, obedecimos sin chistar.

Luego vinieron las conversaciones irrelevantes para buscar un tema, luego el cine y la música que actuaron de perfectos celestinos. Como unos Cupidos que empujaban las palabras para decir la frase correcta:

-“Esta canción es de un grupo que nadie cacha”.

-“Es de The Guess Who”.

¡Bang! Punto para el Cupido musical. Me gané tus ojos brillantes.

Luego vinieron las conversaciones de vida, de la familia a la política, del “yo cuando era chico” a “en mi familia somos…”,  risas idiotas, acercamientos torpes y lo tan esperado: “El Beso”, ese primer beso que puede mandar todo al carajo o dejarte en situación de “sí, me gusta entero, mucho y quiero más”.

Lo que viene después de los primeros besos magníficos ya sabemos, incontrolable, no acorde a reglas de primeras citas ni consejos puritanos. Se hizo lo que se sintió y qué maravilloso se sintió, tan natural y cómodo, sin juegos de poder ni falsos suspiros. Lo siguiente que vino fueron mis: ‘nada en el whatsapp’ para pasar al ‘ay ctm, me escribió, me escribió’.

Saltos, gritos cara a la almohada, enrojecimiento facial, latidos a mil por hora y: ’ay, ay ¿qué le contesto?’. Volví a tener quince otra vez.

De ahí en adelante pasamos del chat interminable hasta llegar a las primeras conversaciones telefónicas nerviosas. De esas en que la coquetería es espontánea y te hace jugar con el pelo cuando te pregunta si quieres salir a tomarte algo, ir al cine o lo que sea. Te di un “sí” de respuesta a esa invitación que en verdad significa: ¡no me importa el panorama, sí a todo lo que quieras invitarme!”.

Y es ahí que me di cuenta de varias cosas, como por ejemplo; que el panorama es lo de menos cuando lo único que quería era verte, tenerte cerca, rozarte. Y que en el tiempo de espera a la junta caí en esas cosas que me parecían tan idiotas como el: “¿qué me pongo?”, “por la chucha no tengo nada”. Porque toda mujer en un romance incipiente se pone como una adolescente estúpida y eso es un derecho.

Llegó el día y mi corazón no paraba de latir. Y al acercarme noté que todos mis esfuerzos frente al espejo valieron esos ojos atentos y luminosos que adornan esa sonrisa nerviosa. Pero lo que no sabía era que no tiene que ver con lo que me puse, simplemente ansiabas verme tanto como yo a ti. Como era de esperarse la cita fue perfecta, la conversación y las risas fluyeron. Todo se volvió más cómodo y más cómodo y más cómodo… nada extraño a otras citas, todo es normal salvo la compañía. Eso era lo especial.

Luego vinieron más citas, panoramas diurnos y vespertinos. De que hoy me quedo en tu casa, mañana también y pasado tú en la mía y el día siguiente y el siguiente y así la cosa fue fluyendo. Dejé de caminar para comenzar a flotar.

Obvio no todo es algodón y mariposas. Las inseguridades propias de los corazones que no quieren ser dañados, también se manifestaron con las típicas preguntas de: “¿Y si…?”, “¿estará tan enganchado como yo?”, “¿y si le digo que lo quiero?”. Pero lo bueno del amor es que te nubla la razón y a veces lo que no quieres decir se te sale igual. Te dije que te quería y pareció que estabas igual de atragantado que yo, con esa frase que estaba a punto de salir y que tanto frenamos. Todas las inseguridades se disiparon de un sopetón por la pregunta que salió de tu boca: “¿Querí pololear conmigo?”. Te di un “sí” de respuesta a esa invitación que en verdad significaba: “¡Obvio que sí, no quiero estar con nadie más que tú!”.

Y así sigo flotando y queriendo verte cada día aún más que antes. No sé si serás el hombre de mi vida, pero sí sé que lo eres en este momento de mi vida. Me encantaría que esto funcionara, pero sino, créeme que con lo que llevamos hasta ahora me parece suficiente para creer que el amor sí existe.